Pasó un mes desde que celebramos nuestro handfasting en la finca de los abuelos de Marina, en las afueras de San Luis, y todavía hay momentos de ese día que vuelven sin avisar. No fue una boda grande ni pretendió serlo: éramos veintidós personas, un arco de eucalipto que armamos la noche anterior y una oficiante que conocimos a través de este sitio.
Lo que más valoro, ahora que pasó el tiempo, es cómo se manejó la comunicación antes del evento. Desde la primera videollamada hasta el ensayo general, cada paso estuvo claro. Nos enviaron una guía con los tiempos sugeridos para cada momento de la ceremonia, algo que parecía simple pero que nos ordenó muchísimo. También nos ayudaron a elegir las palabras exactas para el momento del nudo, sin que sonara a discurso aprendido.
El día de la ceremonia, el viento del sur nos jugó una mala pasada con los pétalos que habíamos preparado para la entrada. La oficiante lo resolvió sin dramatismo, reacomodando el orden de las lecturas para que el momento del lazo quedara protegido del viento. Ese tipo de flexibilidad no se nota en una lista de precios, pero hace toda la diferencia cuando estás parado frente a tu familia con las manos temblando.
Si estás considerando una ceremonia de nudo infinito y querés leer experiencias de otras parejas antes de decidir, te recomiendo revisar las opiniones completas que publicamos en la plataforma. Hay detalles sobre proveedores y espacios que solo aparecen después de vivirlos.
La foto que elegimos para el álbum no es la clásica de los novios mirándose a los ojos. Es una donde se ven nuestras manos anudadas con la cinta color salvia, y al fondo mi sobrino de siete años haciendo una mueca. Esa imagen resume lo que buscábamos: algo auténtico, con espacio para lo imperfecto.